La Habana. El presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel, inauguró el I Coloquio Internacional Fidel, legado y futuro, con la presencia de mil 500 delegados, entre ellos mil extranjeros de 63 países.
Con una enorme ovación de pie y consignas como «¡Viva Cuba y soberana!», o «¡Yo soy Fidel!», el evento arrancó con un poema de Juan Gelman titulado «Fidel es un país».
Junto a los mil 500 delegados provenientes de 63 naciones participaron el Primer Secretario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba y Presidente de la República, Miguel Díaz-Canel, así como los miembros del Buró Político Esteban Lazo Hernández, Manuel Marrero Cruz, Roberto Morales Ojeda y Bruno Rodríguez Parrilla, en su condición de Presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular, Primer Ministro, Secretario de Organización del Comité Central y Ministro de Relaciones Exteriores, respectivamente.
El encuentro fue presentado como un homenaje al centenario del líder de la Revolución Cubana y, al mismo tiempo, como un espacio de reflexión sobre la vigencia de su pensamiento.
Los organizadores plantearon el coloquio en torno a tres ejes: el hito de celebrar cien años de una vida consagrada —según se expuso— a la defensa de las causas justas y al pensamiento estratégico; el acto mismo de convocar a delegaciones que, se afirmó, desafían bloqueos, campañas de desinformación y presiones; y el desafío de salvar y transformar la Revolución frente a la guerra económica y la asfixia, asumiendo el legado de resistencia.
Conquistas bajo asedio
Una de las líneas centrales presentadas fue la de los índices sociales sostenidos bajo asedio. Se destacó que Cuba mantiene más de nueve médicos por cada mil habitantes —presentada como la mejor tasa regional—, una esperanza de vida de 77,7 años (ubicada entre las diez mayores del continente) y la erradicación total del analfabetismo en 1961, tras una campaña que movilizó a 250 mil voluntarios.
Ello, en torno a lo que dijo Fidel Castro ante la Asamblea General de la ONU en 1960: «¡Desaparezca la filosofía del despojo, y habrá desaparecido la filosofía de la guerra! ¡Desaparezcan las colonias, desaparezca la explotación de los países por los monopolios, y entonces la humanidad habrá alcanzado una verdadera etapa de progreso!».
Bajo la consigna «Patria es Humanidad», también se repasó la solidaridad internacional como política de Estado.
Se recordaron dos hitos fundacionales: la creación del Programa Integral de Salud para Centroamérica y el Caribe en 1998, y la fundación de la Escuela Latinoamericana de Medicina (ELAM) en 1999.
Entre las cifras expuestas se mencionaron más de 600 mil profesionales de la salud enviados a 165 países a lo largo de décadas, y la Operación Milagro, con más de tres millones de cirugías oftalmológicas destinadas a devolver la visión a los sectores más pobres.
También se subrayó el impulso a instituciones y programas de alcance global como el ALBA, PetroCaribe, el programa de alfabetización «Yo sí puedo» y el Contingente Henry Reeve, nominado al Premio Nobel de la Paz.
El trabajo de Fidel fue englobado en la idea de que «no dejó recetas, sino un método nacido de la praxis».
Ese método se articuló en cuatro pilares: la prioridad de lo político, bajo la premisa de que toda decisión económica es política; la secuencia táctico-estratégica, según la cual las tácticas cambian con la realidad mientras los principios de soberanía y antiimperialismo permanecen inalterables; la movilización popular, sostenida en que la disciplina asumida colectivamente es indestructible y que el pueblo constituye el recurso estratégico; y la innovación bajo restricción, entendiendo la escasez material no como mera carencia, sino como estímulo para la creatividad nacional.
Asimismo, la visión económica atribuida a Fidel Castro, fue presentada como una articulación inseparable entre economía y política. Se planteó como axioma que «no hay economía sin política, ni política sin economía», y se retomó su tesis de 1969, según la cual, en el mundo subdesarrollado, el socialismo no sería solo un ideal sino una condición estructural para alcanzar el desarrollo real.
Como ejemplo de esa soberanía convertida en propiedad colectiva se citó la nacionalización del subsuelo en 1960.

